25 de agosto

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Fría mañana invernal de 1825 en la Florida.  Los Patriotas Orientales, con incertidumbres pero esperanzados en el futuro de la gran Patria sudamericana, están por votar lo que ellos entendían como independencia. Independencia de Portugal y Brasil, para entonces sí,  en pleno ejercicio de su Soberanía, volver a ser lo que anhelaban: una Provincia más  de las “Unidas del Río de la Plata”. Enfrentarían así, en mejores condiciones, al enemigo que por entonces se les presentaba como más temible: Lusitanos y Brasileños.
El dominio luso-brasileño llevaba ya ocho años y hacía cuatro que había sido instaurada la Provincia Cisplatina, con el beneplácito de no pocos criollos “abrasilerados”, principalmente de las clases acomodadas de Montevideo, que habían prosperado bajo el orden instaurado por el Barón de la Laguna.

El Patriarca cumplía ya cinco años de su internación en el Paraguay. Por primera vez, sus Orientales no lo tenían como referente durante la génesis de un acto como el que se aprestaban a proclamar.
Cuan imponente era en su silencio lo deja entrever la total ausencia de citas a su gesta durante este acto.
Apenas si encontramos honrosas excepciones como las de Don Carlos Anaya, quien incluso antes de la Cruzada del 19 de abril, no abjuraba del viejo Caudillo y hablaba de que el “día llegará en que sacudirán el yugo ominoso los Orientales y que la Patria de Artigas, del inmortal Artigas, de esa víctima sacrificada por el Gobierno de Buenos Aires, por las ambiciones y las maldades que rigen su política para con estos desgraciados pueblos, ocupará el rango de pueblo libre e independiente entre las demás Repúblicas Americanas…”

¡Pobres Patriotas! Alejados ya definitivamente de su ideal, aunque  aún  siquiera lo supieran.
Triunfantes aquellos que traicionaron su pensamiento,  solo les restaba, para completar sus designios, dar su apoyo al tan honrado como intachable Juan Antonio. De los antiguos Tenientes que quedaban de la época Artiguista, Lavalleja resultaba por lejos el más fiel a su antiguo Jefe. Había sufrido la prisión brasileña por su nombre. Nada lo había separado del Caudillo en toda su vida.
Era el hombre ideal en el momento justo…

Apenas podemos imaginar cuántas conversaciones habrán sido necesarias para convencerlo de la importancia para la causa, de mantener alejado de toda mención aquel nombre proscripto. Citarlo, heriría las susceptibilidades de los tan necesarios aliados argentinos para la gesta de 1825, en la que inmortalizaría su nombre como Libertador…y Juan Antonio tenía entre ceja y ceja de su obstinada y tenaz frente minuana, el firme propósito de echar  a los brasileros del suelo de su Patria.

Después de todo, el resultado final sería el tan anhelado por el Protector: Las Provincias, unidas al fin, enfrentarían con todos sus recursos al Imperio y finalizarían con la farsa de la Cisplatina.
Y además, era inevitable en aquella hora. Terminado el sueño artiguista con la derrota final del héroe perseguido, abandonado por todos los que en algún momento lo vivaron con fervor, éste se eclipsaba en su exilio. En un Paraguay que sin saberlo, lo resguardaba intacto y glorioso para sus Orientales del futuro, quienes lo reconocerían al fin,  inevitablemente, como al Padre de la Patria, fundador de la Nacionalidad Oriental.
Pero ¡qué falta habría hecho! Los sucesos posteriores que desembocaron en 1830 así lo demuestran. Era necesario su sacrificio para que aquella augusta, incorruptible y firme determinación de lucha por su ideal federalista no fuera un escollo para las corrientes que formulaban la geopolítica triunfante del momento…

Nadie de la época tenía su grandeza moral y su autoridad  como para imponer su criterio luchando de igual a igual con brasileros, porteños, ingleses y cualquier potencia del mundo con negocios en el Plata.
Como en todo acto fundacional de una Nación, los actores forman una trama compleja de intereses y motivaciones. Pero el resultado final es el que los redime, ya que del esfuerzo de todos, surgió ¡al fin! esta Patria, la nuestra, la que sentimos y amamos como a nuestra madre y por la que sufrimos cuando creemos verla desfallecer por la inoperancia de aquellos de sus hijos que más debieran sostenerla.

Si hay algo que nos asombra cada vez que meditamos en la Patria Vieja es la fortaleza moral con la que actuaban los Patriotas. Son de ver las penurias que enfrentaban. La absoluta escasez de recursos que marcó toda su actuación, si los comparamos con las fuerzas que debieron enfrentar. Y aún así, guiados por las ideas del General Artigas, fueron los principales actores del Plata entre 1811 y 1820. Pasaron como una llamarada de Libertad para fundar las bases del sistema federal que hoy disfrutan – o deberían disfrutar ya que tienen todo para hacerlo -  justamente sus adversarios de entonces. Ni realistas como la mayoría de los porteños de Mayo, ni Unitarios centralizadores como sus detractores finales. Federalistas, respetuosos de la Soberanía de los Pueblos, con ideas Cristianas que fundamentaban su accionar, hombres de Fe  que la reflejaban  en todas sus vivencias, como se puede verificar al revisar el ideario Artiguista.

Los actores del 25 de agosto de 1825 eran todos forjados en este caldero. Sus frutos fueron los mejores que la época podía dar.  El nombre de Orientales quedó para siempre como sinónimo de valentía y desprendimiento personal,  espejos para amigos y enemigos, necesarios en la vanguardia de los Ejércitos Patrios  en todas los combates en que más falta hiciera la fuerza del coraje y el pundonor del combatiente.

Aún se templa el corazón al recordar los hechos de Rincón y Sarandí. Aún parecen resonar los cascos Orientales en las Misiones y todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de Lavalleja a  un titubeante pero ensoberbecido Alvear, su Comandante en Jefe en Ituzaingó, la batalla de la derrota brasileña: “Yo no soy de los que van a reconocer al enemigo con el anteojo, sino que lo reconozco peleando y exponiendo mi pellejo”  Y vaya que gran parte de la victoria fue por obra del empuje y valor personal del Libertador, nombrado luego Comandante en Jefe en lugar del inepto porteño.

Estos eran los Orientales. Así empeñaban su vida en cada acción, defendiendo lo que creían justo para su Patria. Siguiendo, hasta inconcientemente, lo que les había enseñado el Primero de todos.
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Ya pasaron casi dos siglos  de todo aquello. Y aún la patria se sigue desangrando en diferencias intestinas. Aún campean por sus pagos los ilusos vendedores de ideas foráneas -¡la orientalidad les parece muy poco!- y lo que es peor, aún hay ¡orientales! que veneran más a lacras extranjeras que a su Protector Artigas.
Ya no son ni Pueyrredón, ni Rivadavia, ni Ramírez los malvados. Ahora ni siquiera son Porteños los reverenciados, ahora son nombres ajenos a cualquier idiosincrasia rioplatense: Marx, Lenin, Gramci, ¡Mao! …y tantos otros perimidos para el mundo, pero que pareciera que, siguiéndolos, vamos todos a vivir felices y progresistas el resto de nuestras vidas.

Aún hay algunos que también miran al vecino allende el Plata y piensan que las veleidosas promesas de presidentes centralistas podrán guiar nuestro camino.
Y no pueden faltar, ¡a tantos años de las luchas patriotas! aquellos que también miran al otro vecino, al del noreste, del cual esperan la solución que les ilumine el porvenir.
En fin. Cosas de un país rebelde a su origen. Tardo para reconocer cual es el verdadero recorrido a seguir para lograr el bienestar social.

Que como casi siempre, no es otro que aquel que marcaron los fundadores de la nacionalidad y del cual parecería que nos empeñamos en desviarnos.
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Para los militares de mi Patria, el 25 de agosto es también fecha memorable por otro motivo: nuestra Escuela Militar fue fundada en esa fecha del año 1885, bajo la presidencia del Tte. Gral. Don Máximo Santos. Desde entonces, ciento veinticuatro generaciones de cadetes han transitado las Plazas de Armas de sus distintas sedes.
Han formado un hilo conductor que los hermana a todos y los identifica con el General Artigas quien subrayaba la importancia de que sus Jefes se ilustraran cada vez más, para tratar de igual a igual con las mentes más desarrolladas de la época.

Todos han enfrentado tiempos difíciles para la Patria. A las generaciones que hoy peinamos canas nos tocó la lucha contra la agresión terrorista y marxista que atacó Latinoamérica siguiendo las instrucciones de Castro, reflejadas en la OLAS.

Respondiendo a la orden de la Nación, no vacilamos en empuñar una vez más las Armas de la Patria. Y como siempre, las mantuvimos invictas, derrotando al enemigo, tan artero entonces como antes, aunque distinto y tal vez más embozado en su accionar.

Es usual decir que a  cada uno se le juzgará por sus hechos y lo que de éstos resulte. Si es así, el estar hoy en el poder político aquellos a quienes impedimos destrozar la democracia por la cual  luchamos, es el hecho que nos reivindica.

Según nuestro sistema republicano-democrátrico, este gobierno  de hoy, no lo hubiesen logrado de triunfar entonces, ya que tarde o temprano, habrían sido derrotados por los que aman la libertad.
¿No se entiende entonces que las Fuerzas Armadas fueron los fieles cumplidores, como siempre, del mandato popular?  ¿Que fue con el sacrificio de la vida de muchos de sus servidores como se defendió la Patria?
Creo que sí se entiende esto. Que es solo una muestra más del poder del enemigo  al tergiversar nuestra historia reciente. Y también del lloriqueo constante de aquellos derrotados en el campo de batalla, que buscan lucrar con esa derrota, como si el patrimonio de los Orientales debiera servir para pagar alucinados intentos de mentes extraviadas que hicieron lo posible por subyugarlos.

A la generación actual, le toca este presente. Tal vez no parezca el más venturoso para ser vivido. Pero es el de ellos. Y nadie se lo puede negar. Ni nadie puede engañarlos con noticias falsas sobre una época ya perimida:
No se engañe nuestra Juventud, sobre todo la Militar: Lo que se cuenta a la Población acerca de aquellos años, es falso. La ciudadanía fue la que llamó a sus Armas, para combatir a los que atentaban contra la democracia. Y aplaudía el paso de sus combatientes, como lo saben hacer los Pueblos Libres.
En la Guerra - que es el máximo atentado contra los derechos humanos  y que debemos evitar siempre que la libertad no esté en juego, ya que son nuestras vidas las que se perderán en caso que sobrevenga - siempre hay muertos. Amigos y enemigos. Nosotros sentimos más a nuestros camaradas. Es humano que así sea. Pero respetamos a los del enemigo y no vilipendiamos su memoria.

No es así a la inversa. Aquellos viejos adversarios del pasado, muchos de ellos devenidos en justicieros del terror, reabrieron viejas heridas y reivindican aquellas falacias. Lo que no lograron en la porfía de las armas, lo están logrando con los engañosos métodos tolerados por la Democracia.
La Juventud Militar  debería saber y ser plenamente conciente que en el espinoso camino hacia la supresión de las libertades públicas, “siempre es a último momento un pelotón de soldados el que salva la civilización”
Y que la Historia marca que es solamente el  Militar el que , habiendo salvado a su Nación, teniendo en sus manos la suma del poder, siempre lo devuelve a su Pueblo.

Y pese a quien le pese, aquí pasó eso. Las Fuerzas Armadas entregaron el Poder, cuando lo tuvieron, tal como siempre lo dijeron. A su debido tiempo. Cuando creyeron que se daban las circunstancias para que la democracia sobreviviera. No fue por imposición de nadie, como se dice a veces. No se marcharon derrotadas. Se marcharon en triunfo, dejando un País sano y libre, con obras que aún hoy sostienen su infraestructura productiva.
Orgullosos debéis estar, Cadetes de hoy, del accionar de vuestros mayores. No les motivó más que el amor a su patria y el sentido del Deber para con ella.

Si en alguna oportunidad se os llega a poner en una encrucijada tal, siempre deberéis actuar en concordancia con vuestro Honor. Y recordando que no es el dinero ni la ambición personal lo que mueve nuestra conciencia: son los principios que se forjan en el hogar y se templan diariamente ahí donde justamente hoy os encontráis: nuestra querida Escuela Militar.

Y que a veces la defensa de estos principios se paga con la venganza de la privación de la libertad o el destierro, que de ambos tenemos ejemplo hoy en el Uruguay. Pero que esto mismo será una honrosa anotación en el legajo de los que las padecen, aunque Dios quiera que no la última.
El esfuerzo diario en la preparación mental y física debe ser su norte, convencidos de que si las circunstancias obligan, el Espíritu estará pronto a responder al llamado.

Esa es la entereza militar: prepararse para la guerra, deseando fervientemente que ésta no se produzca. Pero, si la Libertad peligra, ser dignos herederos del Lema del Libertador en la Agraciada y estar preparados a morir por ella.

A los Superiores que hoy tutelan la enseñanza militar: Tienen entre manos el más noble objetivo de sus vidas. Son el espejo en el que se miran diariamente los cadetes. Sus enseñanzas ciertamente influirán en el futuro de esta generación. Alguno de entre esos cadetes será el Comandante en Jefe  en unos decenios. Que cuando así sea, tenga estos valores firmemente adheridos a su personalidad, depende mucho de lo que vea, oiga y ejecute a diario hoy.

La defensa de los principios que vienen desde la génesis patria, nos corresponde a todos, pero en mucha mayor medida a los que hoy se encuentran en actividad.
Al final, activos y retirados, estudiantes y profesionales de las Armas, compartimos  una misma Historia y nos espera un mismo futuro, que seguramente será el de la Patria.

En este 25 de agosto, cumpleaños de la Patria y de nuestra Escuela Militar dejemos un espacio para los sueños. Sueños de ver una Patria verdaderamente Oriental. Justa, amable, con oportunidades para todos. Sin familias separadas por el exilio o la prisión injusta. Con ciudadanos orgullosos de serlo. Tal como la esperaron los Artiguistas de todas las épocas.
Y como la que nosotros, aquellos de las canas, los que sentimos, disfrutamos y sufrimos por el Ejército como el que más, aunque algún desubicado piense lo contrario, no perdemos la esperanza de alcanzar.

Minas, Agosto de 2009
Cnel ® Horacio Fantoni
Escrito hace 8 años, pero aún de actualidad.