En el aniversario de la muerte del Gral. José Gervasio Artigas

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Este escrito fue publicado en el año 2009. Como homenaje al Patriarca

23 de setiembre

Primavera en Asunción del Paraguay. Tocan a su fin los días apenas frescos del invierno asunceño. La promesa del calor se nota en el aire, las lluvias son más frecuentes y abundantes y por donde se mire, el verdor parece reventar en mil brotes perfumados.
Tiempo lindo, del que más le gusta al anciano Caudillo, balsámico para sus cansados huesos, que se van rindiendo, derrotados al fin por los largos años de intemperie.
El anciano recuerda sus mocedades, allá en la Banda pasando el Uruguay… ¡su Patria!
La memoria ya está flaca pero en su corazón late aún aquel espíritu indomable, de cuando su sistema era el escudo de las Provincias que buscaban su protección contra el centralismo porteño, ambicioso y entreguista.
Ecos de batallas lejanas resuenan aún en sus oídos y cuando habla de esas épocas con las numerosas visitas que lo frecuentan, ansiosas por escuchar los relatos del ilustre General, parece que la sangre se le alivianara, lista para comenzar una campaña: “¡Ahora sí, que vengan realistas, que vengan porteños!”, le dirá, montado en su morito, al acompañar al jefe argentino que lo contempla, admirado de su estampa aún gallarda.
Pero hoy no será un día para tertulias. Hoy, el destino común de los mortales le saldrá al encuentro, llevándolo por fin al descanso eterno, en la presencia de su Creador, como él enseñaba muchas veces a los niños del pobre vecindario al explicarles con palabras simples, los dulces misterios del Evangelio.
Sus compatriotas están lejos. La Patria, díscola, insegura, bravía desde siempre, se desangra en desencuentro de hermanos. Y eso “ lo acibara hasta el punto de preferir morir en el destierro que ver a Orientales matarse unos a otros”
Tan solo queda uno a su lado. Compañero fiel de tanto tiempo, que ya no se imagina de otra manera. Los dos, mano a mano, han desgranado las lentas madrugadas de prosas y mates. En su alma de poeta, Ansina sabe que pronto quedará solo, sin su Jefe y amigo, del que tantas veces cantó en sus sencillas estrofas. Amistad hecha de vivencias comunes, de jornadas largas en que el servidor que nunca dejó de ser, tomó el lugar de la familia lejana y ausente.
Y en los montes, aún quedan aquellos “Artigueños” que separados de su Jefe al entrar en los dominios del Dictador Francia, ya no tendrán retorno a sus patrias y se fundirán con el suelo paraguayo.

¿Cuántos de sus descendientes aún contarán las hazañas de sus ancestros, de los tiempos heroicos de la Patria Vieja?
Ese 23 de setiembre de 1850, dicen que al llegar sus últimos instantes en este mundo, incorporándose en el lecho exclamó. “¡tráiganme mi caballo!” ¡Cómo nos estremece el alma este último grito de combate! Porque de eso se trata. Seguramente el sublime viejo, al enfrentar a su postrera vencedora, aún quería entregar una última, perdida gota de su sangre viril en una definitiva patriada al frente de sus Orientales…
A los ochenta y seis años, el General Artigas fallece en el Paraguay. Su cortejo fúnebre, hacia el cementerio de la Recoleta lo conforman su moreno asistente, el hijo del Presidente López y sus vecinos.
En su partida de defunción, el párroco Cornelio Contreras anotó:
“En esta Parroquia de la Recoleta de la Capital, a 23 días de setiembre yo el cura interino de ella enterré en sepultura ordinaria del Cementerio el cadáver de un Adulto llamado Dn. José de Artigas, extranjero que lleva una lápida con este título: General Dn José Artigas 1850 de esta feligresía. Doy fe.” (1)
El diario “El Paraguayo Independiente”, cinco días más tarde nos dice que:
” El General Artigas no amaba las ciudades; aún en su vejez quería la libertad de los campos, la espansión de los Orizontes, la vida de su juventud; en consecuencia fue acomodado en una chácara en la vecindad de esta Capital, donde ha finalizado sus días el 23 del corriente, á los treinta años cumplidos el propio día de haber entrado en la Asunción: fue dado a tierra en el cementerio general de la recoleta.
Pueden sus amigos y parientes tener el consuelo de que nada le faltó y de que sucumbió agoviado con el peso de noventa años, porque es la suerte común. Séale la tierra leve” (2)
iY nosotros, los Orientales del Siglo XXI sabemos hoy que nunca podremos saldar la deuda con la Nación Paraguaya, que supo, a pesar de ser considerado a su entrada un enemigo por el Dictador Francia, cobijarlo, protegerlo y finalmente honrarlo hasta el día de su muerte. ¡Nobles Paraguayos! Ellos sí, ¡Hermanos! Que supieron aliviar el sufrimiento de nuestro Padre Artigas, cuando el Hombre es más vulnerable y necesitado del afecto de sus semejantes. Nos quedamos con este testimonio: Los pobres del vecindario decían que el General era un “Caraí Guazú, un Caraí bae porá”…”Un gran señor, un señor muy bueno”…
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De todas las reflexiones que estos sucesos trágicos siguen suscitando a los Orientales de todas las épocas, elijo hoy, a ciento cincuenta y nueve años de sucedidos, el recuerdo a tres de sus soldados, a modo de humilde homenaje:
El Soldado Joaquín Lencina, “Ansina”, (1760-1860) quien lo acompañó, como hemos visto, hasta el último día de su vida.
Sus restos no se han podido localizar, seguramente por la desorganización producida por la Guerra del Paraguay.
Pero su memoria es venerada por todos los Orientales dignos de tal nombre: fue quien cuidó en su vejez - nos gusta pensar que en nuestro nombre, sin saberlo ni él ni nosotros - a nuestro Protector.

El Sgto. Manuel Antonio Ledesma, (1797-1887) uno de aquellos Artigueños, que llegó a ser de tal reconocimiento por sus virtudes en su Patria adoptiva, que era la máxima autoridad de su pueblo.
En 1885, durante una misión oficial del General Máximo Tajes al Paraguay, a devolver los trofeos de la guerra de la Triple Alianza, fue agasajado como viejo soldado artiguista por la Comitiva.
Se dice que fue quien acogió en su hogar al moreno Ansina, a la muerte del General.
Sus dos hijos varones murieron como soldados defendiendo a su Patria, el Paraguay, durante aquella guerra.
A su muerte, dos años después, fue sepultado envuelto en la bandera uruguaya con que le obsequiaron durante su visita a Asunción.

El Sgto. Francisco De los Santos,(1788-1885) “” Fue denominado el Chasque de Artigas debido a una actuación de valentía y de arrojo al ser designado en forma voluntaria al expresar ¡Yo me animo! , a llevar los fondos del Ejército Artiguista que eran de un valor de 4.000 patacones y 22 onzas de oro de propiedad del General José Artigas, a los prisioneros que estaban en Río de Janeiro en la Isla Das Cobras “como único reto de Libertad que nos queda”.
Los presos entre otros eran el General Lavalleja, Bernabé, Otorgués, Andresito, Leonardo.
Comenzó el viaje desde la Frontera Argentino Paraguaya hasta la Fortaleza flumínense de la Isla Das Cobras sobre el inicio del año 1820, se estima que para llegar a destino en línea recta se recorrería unos 2.500 Kms. pero el Chasque para lograr su hazaña debió recorrer unos 3.500 Kms. aproximadamente. Un sumario

realizado al Jefe de Das Cobras por haberse apropiado del dinero
enviado como socorro a los prisioneros, prueba que el dinero llegó a
destino pero le fue quitado al Chasque y cuya suerte no pudo ser otra que sumarse a los prisioneros. “” (3)
Oriundo de Rocha, luego de una extensa trayectoria militar, habiendo llegado a ser promovido a la jerarquía de Teniente Coronel Graduado, fallece en sus pagos del Este.
“El Comandante de los Santos era indio, trigueño, algo bajo de estatura, robusto, y retacón de cuerpo. Siempre iba muy bien vestido y pulcro. Vivió en su pagos Levantinos hasta el año 1855 en donde falleció repentinamente en su establecimiento de Campo de Piedra Blanca, en jurisdicción de San Carlos Maldonado recibiendo sepultura en el Cementerio en la Villa de Rocha.” (4)
Vivirá siempre en la memoria de la Patria, por su hombría de bien, su bravura en los lances más difíciles y por la confianza con que lo distinguió su Jefe al darle aquella comisión tan arriesgada. Confianza que supo honrar con creces. El Profesor Jesús Perdomo escribió estos versos, que resumen este pensamiento:

“Símbolo de un tiempo que pasó a la historia
evocarte quiero, sargento olvidado
para que tu pueblo de poca memoria
recuerde una hazaña que nadie ha igualado”.

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A cualquiera que haya conocido estrechamente la vida del Soldado Oriental, le resulta fácil reconocer en ellos muchas de las características que adornaron a aquellos criollos devenidos en soldados del Prócer.
No caeré en la simpleza de igualar a todos los integrantes de un colectivo, como es el del Personal Subalterno del Ejército Nacional. Si bien nunca hay que juzgar a un todo por los actos de alguno de sus componentes, el conjunto tiene características propias, particulares, que distinguen a sus integrantes de otros actores sociales.
A ello me refiero cuando digo que a nuestros Soldados, a los de antes como a los de ahora, los une un hilo conductor que los conecta con su Primer Jefe y les imprime las cualidades que él supo encontrar y potenciar en su gente.
Nada mejor entonces que referirse a ese núcleo para recordar un nuevo aniversario de la muerte del General Artigas.

No conocen de renunciamientos ni de fatigas. Donde haya una causa que el Ejército tome como propia, allá se ve a la Tropa haciendo lo imposible por sacarla adelante. Siguiendo a sus Oficiales, ninguna privación los amilana y ningún esfuerzo les parece desmedido. Muchas veces los testigos de sus acciones, ajenos a la Fuerza, se sorprenden de lo que son capaces de realizar y se preguntan: ¿de qué están hechos éstos? Cualquiera que haya tenido el privilegio de comandar tales soldados, puede referir decenas de anécdotas al respecto.
Así se les vio en la Guerra de la Triple alianza, siempre en vanguardia, ignorantes de tramoyas políticas, dispuestos a cumplir las órdenes de sus superiores, en medio del barrial inhóspito.
En las guerras civiles de los siglos XIX y principios del XX, escribieron páginas de gloria en uno y otro bando de Orientales. Ambos a la sombra de la misma Bandera Nacional, cada cual defendiendo su causa, amparados en la guía de sus Jefes.
Siempre los primeros en sufrir las terribles consecuencias de la guerra, regaron las cuchillas con su sangre humilde. Muchas veces rechazados por la sociedad “paqueta” una vez que la paz traía el olvido de las amenazas por las que habían sido llamados en su socorro.
Sin una queja, sin pedir cuentas a su Patria, como les habían enseñado sus mayores.
Cuando, muchas décadas después, la República se vio cercada por el terrorismo marxista, el Soldado respondió de la misma manera.
Heroicos como siempre, valientes “como las Armas de la Patria”, había que contener su ímpetu y muchas veces ordenarles tomar un descanso entre un operativo y otro. ¿Cuántas veces, en las madrugadas heladas, recién llegados de cumplir su misión, al disponerse otra enseguida, lógicamente que con un relevo, los Oficiales tenían su trabajo para hacer descender de los vehículos a los que debían dar su lugar a otros?
Y los Sub-Oficiales… ¿Qué decir de ellos? Los Sargentos fueron siempre el espejo de la Tropa. Su Escuela de Sub-Oficiales lleva con honor el nombre de “Francisco De los Santos”. Y cuántas veces en el fragor de las complejas tareas diarias del Cuartel, los jóvenes Oficiales, novatos aún en su primer destino, los miraron para, de su templanza, sacar la inspiración para salir adelante.
Cuando ya curtidos por la vida nos encontramos con aquellos viejos servidores, que muchas veces nos conocen más que nuestras

familias, ¡con qué gusto nos miramos en sus ojos! Y es ahí donde
aflora ese Espíritu, que es tan difícil de entender para el profano.
De esa poca comprensión por nuestras costumbres, es que surgen ideas que nos rechinan y nos duelen en el fondo de nuestras almas.
Y algún Jerarca cree que porque terminó el tiempo de Servicio activo, se terminaron también nuestras inquietudes por el Arma. Tal vez porque lo de ellos no es vocacional y solo cumplen las directivas recibidas…y luego, a otra cosa.
El Soldado lo es para siempre. Aún en otra actividad que deba cumplir para llevar adelante su familia, siempre se distinguirá del resto. Y lo evidenciará en todos los actos de su vida.
Hoy, con otras tareas encomendadas, en todo el mundo se les conoce. Cuando integran las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas, llevan bien apretado en su pecho aquellas enseñanzas y son , a su manera, verdaderos “artigueños”, siempre destacados entre sus pares de otros países.
En su rutina diaria, el duro entrenamiento militar acondiciona físico y mente para las exigencias del combate. Generalmente ignorados estos esfuerzos por la Sociedad Civil, ellos continúan con sus tareas, sabiendo que “cuánto más se transpire en la Paz, menos sangraremos en la Guerra.
Y todavía hay tiempo para dedicar muchísimas horas, de franco muchas de ellas, a ayudar en las tareas de apoyo social, muchas veces en beneficio, sin una queja, de aquellos mismos que tanto los menosprecian
Por estas cosas, en este nuevo aniversario artiguista, nada mejor que homenajear al Patriarca, homenajeando a sus Soldados. Los de todas las épocas.
Y decirles hoy, como veterano Soldado de profesión, que no hay tarea más noble que la Castrense. Estando en el Ejército, pertenecen a la más antigua Institución de la Patria, anterior aún a la República.
Los tiempos son difíciles ¿Cuáles no lo han sido? Pero cuando entra la duda, ¡miren a sus mayores! A ellos no los motivó el afán de lucro alguno. Algunos dieron sus vidas por la misión asignada. En los actos oficiales de sus cuarteles, ¡miren a aquellos viejos Soldados y Sub Oficiales retirados, ya encanecidos pero que aún lagrimean de emoción al ver pasar el desfile de sus tropas!
Y sobre todo, honren a aquel Anciano Heroico del Paraguay, nuestro sublime General Artigas, quien viejo, sin nada material de valor, abandonado por casi todos sus compatriotas, aún tenía

fuerzas para servir a su Patria y en su lecho de enfermo, ya a las
puertas de la muerte, clamaba por su caballo : “Tráiganme a mi morito!... ¡Tráiganme a mi morito”

Minas, setiembre de 2009
Cnel. ® Horacio Fantoni

(1) Tomado de “Los tiempos de Artigas” Tomo 6, pag. 96, edición de El País, por Ana Ribeiro

(2) Idem.

(3) Tomado de la Pág. Web de la Escuela de Suboficiales del Ejército “Sgto. Francisco de los Santos
(4) Idem